sábado 7 de febrero de 2026
El alumno de la ventana: la revelación de lo —aparentemente— rutinario. Yoyiana Ahumada Licea

Rubén Darío Carrero (Maracay, Venezuela, 1987). Abogado egresado de la Universidad de Carabobo, profesor e investigador de la Universidad Central de Venezuela. Sus artículos, ensayos y crónicas han sido publicados en diversas revistas literarias dentro y fuera de su país. Poemas suyos aparecen en las antologías Tiempos grotescos (UNAM, México 2015), Poemas en bicicleta / Autores grandes para pequeños lectores (Ediciones La Poeteca/ Banesco, 2024). Sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán e italiano. Mantiene un blog, Crónicas maracayeras (www.rubendariocarrero.blogspot). Ha publicado los poemarios Todo futuro o nada (Taller Blanco Ediciones, 2020). Algo le pasa al tiempo (Ediciones Estival, 2023) y El alumno de la ventana (Dcir ediciones, 2025).
La primera vez que supe de su obra fue por un comentario trascendente del poeta y ensayista, Individuo de Número de la Academia de la Lengua, el poeta, cronista y maestro, ganador de la XVII edición del Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, Alberto Hernández. Era una premonición que decía que, después de su segundo poemario, volveríamos a saber de la voz de Rubén Darío Carrero: “Oiremos su voz, la oiremos”,
Cuando el 2025 dejaba caer su último trimestre, el último empujón de los días, pesados como una losa, el sello de poesia Dcir ediciones, dirigido por la poeta y editora Edda Armas junto a María Clara Sala, Annella Armas y el Maestro Carlos Cruz Diez (†), festejaba sus primeros diez años de existencia. Como reza su ars poetica: “Dcir deja de lado la imposibilidad y confabula en optimista acto de resistencia, corteja obras inéditas de poetas venezolanos en la sobria proeza de editar poesía en tiempos sin papel…”.
El alumno de la ventana junto a Aljibe propio, de la maestra Rowena Hill, encendieron luces en octubre. Con las palabras de la poeta María Clara Salas y del también poeta y profesor, el investigador Rafael Rondón Narváez se presentaron los dos títulos del año. Dos generaciones, dos voces de la provincia. Dos maneras de Dcir.
—¿Qué significa para ti publicar con Dcir y junto a la maestra Rowena Hill? ¿Te sientes en diálogo con la poesia de la maestra?
—Rowena Hill ha escrito un maravilloso libro sobre su vejez y sobre la muerte, yo he escrito un libro sobre mis errores y la ignorancia; creo que, al final del día, ambos escribimos sobre la vida.
Rowena, al leer mi libro, me ha dicho que le ha sorprendido mucho las similitudes de alguno de mis poemas con el budismo. Recordemos que Rowena es budista practicante (¿tautología?). A mí me ha sorprendido y, quizás, mucho más esto que ella ha dicho, sobre todo porque soy y me precio de ser católico practicante (¡tautología!). Pero, me pregunto: ¿Cuánto hay de católico en Aljibe propio? Esto todavía no se lo he dicho a Rowena. Me imagino que sonreiría.
En fin, ¿qué significa publicar en la misma colección editorial en la que han publicado a Rowena Hill? Solo una cosa: Estar junto a Rowena Hill.
El rigor amoroso de Edda Armas me ha enseñado mucho este año (2025), su trato, su dedicación, la diligencia e incluso hasta el honor en torno a mi libro, me ha emocionado y me ha comprometido aún más con lo que escribo. Pero hay algo más, lo que más me gusta de publicar en esta editorial es que publico en una editorial llamada Dcir Ediciones, que es casi una declaración, una poética, porque creo que un poeta canta, señala, nombra, dice.
—¿En qué momento, cuándo te sentiste poeta?
—Cuando comencé a leer el diccionario.
—¿Cómo te iniciaste en la poesía?
—Leyendo en voz alta.
—¿Con cuál tradición de la poesía venezolana te identificas —obviamente de toda—, pero me refiero a aquella que se apropia del paisaje, ¿metafísica, conversacional, mística? ¿O quizá la conversacional del hito Tráfico, Guaire?
—Mi tradición es mi biblioteca, que he heredado de mi padre y que yo mismo vengo recreando desde hace 25 años. En esa biblioteca en el cuarto piso de un edificio en el centro de Maracay, la tradición se dio de esta manera:
Gonzalo de Berceo-Fray Luis de León-Quevedo-Góngora-Lope de Vega-Saavedra Fajardo-Cervantes-San Juan de la Cruz-Sor Juana Inés de la Cruz-Andrés Bello-Lazo Martí-Pérez Bonalde-Rubén Darío-Federico García Lorca-Rómulo Gallegos-Teresa de la Parra-Jorge Luis Borges-Miguel Ramón Utrera-Job Pim-Fernando Paz Castillo-Andrés Eloy Blanco-Juan Rulfo-Aquiles Nazoa-Eugenio Montejo-Armando Rojas Guardia-Victoria De Stefano-Yolanda Pantin.
La tradición es la lengua, de ahí los libros, las lecturas, la música, el paisaje, el misticismo, el tono confesional o conversacional, etc.
Quizás haya otra tradición, que viene por otro lado, de las cantigas, del ladino, de las jarchas, ese de tono sentencioso y esa economía del lenguaje que es intensidad y que viene de lo poco, y aun así es mucho. Sustantivos con sonidos verbosos que resuenan y cuentan, y que a mí, por esa facilidad íntima y narrativa de las “palabras viejas”, me encanta. Yo que he tratado de replicar esa música habladora, sobre todo en mi segundo libro Algo le pasa al tiempo.
Esa tradición la cuento así:
Sen Tob-Alfonso X-Isaac de León-Juan Gelman-Juan Sánchez Peláez-Luis Alberto Crespo-Reynaldo Pérez So-Harry Almela-Sonia Chocrón.
Repito: es la tradición y el orden de mi biblioteca.
—El alumno de la ventana es tu tercer poemario: ¿Cómo trabajas tu producciòn poética, reúnes poemas y armas un libro o ya tienes el libro en ti, parafraseo a la poeta Carmen Verde?
—No escribo libros, escribo una obra.
Aunque pensándolo bien me gusta eso que dice Carmen Verde: “El libro en ti”. Pienso que todo buen poeta como todo buen novelista, siempre tiene algo que decir y eso es lo que está en él. Recuerdo ese personaje de José Ignacio Cabrujas que decía: “Yo escribo para comprender por qué se suicidó mi padre”. Uno escribe para comprender y a mí me gusta pensar que uno escribe para solucionar los errores de la vida y así, de alguna manera, decir algo a los demás. La tarea del poeta es convertir ese “algo” en un canto. En fin, mira todo lo que me ha hecho decir Carmen. Vuelvo al principio: Siento que la obra de todo gran autor dice una sola cosa. No escribo libros, escribo una obra. Yo, hoy, apenas balbuceo.
—¿Quiénes son tus maestros? ¿Con quién te formaste?
—Mi formación intelectual se la debo a mi padre, Julio Carrero Fránchez, quien es un poeta magnífico todavía no conocido, casi inédito. Mi padre, como todo buen padre, imitó a Dios, aun siendo ateo, y su voz se hizo en mí y con él conocí la ira, el trabajo, los libros, la cerveza, los días y el buen humor. Él fue quien me enseñó a leer el diccionario, a leer el asombro, las risas, la vida, lo inevitable, el silencio. Luego vino Harry Almela que me regaló la literatura judía y la literatura del imperio austrohúngaro y largas conversaciones sobre Goya, Celan y Venezuela. Alberto Hernández, quien me enseñó que la literatura es amistad, esa lucidez que va del juego a la risa de las palabras. Y Néstor Mendoza, mi amigo, mi contemporáneo, todo lo que ha escrito ha sido ejemplo de sosiego y disciplina, dos virtudes que no tengo.
—Si tuvieras que definir en una palabra este nuevo poemario, El alumno en la ventana es…
—Cerrazón.
—¿Cómo nació el poemario?
—Yo escribo sobre lo que veo, luego intuyo un sonido, un vago tartamudeo y surge una voz que, para este libro, empezó a hablar de todo lo que me había pasado desde hace 10 años. Alternativamente, aparecían las ventanas de mi apartamento, que me recordaban el aquí, el hoy, la soledad, el encierro, las cosas, los detalles, el caos, las miserias, las alegrías, mis hijas desterradas por la mentira y la vileza. Y un día, sin más, de repente, esa voz empezó a hablar, sin decirlo, sobre el comienzo de una vida en un campo de concentración de casi un millón de kilómetros invisibles, pero que se pueden ver desde la ventana de un apartamento en el centro de Maracay… Es como una vista hacia la noche más oscura… Pero como decía Kavafis: “Quizás la luz confirma otra tiranía”
***
Los veinticinco poemas que conforman el cuerpo de este poemario dan cuenta, como lo expresa el autor del prólogo Alejandro Cortés González, de una profunda meditación sobre la existencia, la memoria y la búsqueda de significado, pero también de la revelación de la mirada sobre los elementos de lo cotidiano que adquieren otra resonancia al ser tocados por la luz de la ventana.
En una suerte de letanías (será por eso el énfasis del poeta en esa condición ontológica de ser católico, convicto y confeso) que se desplazan por la prosa poética, sin renunciar a la musicalidad de la métrica, Rubén Darío conforma universos en los que la infancia, la belleza, la soledad, el amor contrariado, el deseo, la cotidianeidad, estallan como relámpagos de dolorosa y profunda lucidez. Los muebles, las cosas que rodean a ese alumno que no es más que el aprendiz perenne, el que busca la gramática de Dios que no son puntos ni comas…. la gramática de Dios es una cosa, otra cosa y otra cosa como sostiene el poema. La paciencia del cuerpo.
Otra cosa que, en su caso, son las palabras, palabras que no cesan, que abren y cierran. No hay silencio en este torrente y, sin embargo, adentro del poema (de los poemas más allá de su extensión) hay una suspensión que viene dada por esta tensión entre esa certeza de las cosas, de los lugares, de las exactitudes que ofrece el mundo en el que se suspende el poeta, el alumno de la ventana, atento y poroso, y las grietas que se abren en el cuerpo del poema: Sabemos que estamos confundidos, vivos al ver que todo y nada hemos sido. Una cosa dentro de otra cosa.
En su escritura, el verso estalla en nuevos sentidos y roza ese momento en el que poesía y filosofía se entretejen y alcanzan la revelación. El estallido del sentido de lo humano. Ese instante epifánico en el que la poesía se hace camino para acercar lo inasible, lo imperecedero, lo inefable, desde la simplicidad aparente de los objetos: el estoicismo de las paredes o una sala que todavía esta cansada.
Etimológicamente ventana proviene de ventus, que significa viento. Hace referencia a una abertura, un sitio para mirar, pero sobre todo para la ventilación. Abertura, oquedad, una mirilla para mirar y quizás ser mirado. El aprendiz que ve el mundo y lo reconstruye con palabras. Pero un alumnus es un niño acogido y nutrido que deriva en pupilo, un niño que recibe alimento intelectual. Niño que recibe el viento cambiante y que se alimenta de palabras que dispuestas desde la pulsión poética de Rubén Darío Carrero, se convierten en parábolas.
Mira la palabra bisagra, mira como abre la puerta.
Mira la palabra campana y como todos te obedecen
Parábolas que se revelan. Parábolas que piensan e interpelan. Palabras que caen ante lo que nombran porque nombrándolo le otorgan un cuerpo vivo en el que la escritura es el puente para sostener la pérdida, el ritual de reconstrucción de sentido. Después de todo,
Tampoco le creas a Kavafis, no es cierto que la luz sea otra tiranía.
Yoyiana Ahumada Licea (Caracas, 1964). Periodista. Magíster Literae, profesora universitaria, poeta, dramaturga y guionista. Autora de la obra Gallegos: Selva, llano y palabra —vida y obra de Rómulo Gallegos (2023, producción Editorial Sarrapia y Fundación Rajatabla, nominada a tres premios de la crítica —dramaturgia, actuación masculina y música original—, ganadora del premio Avencrit a la mejor composición musical y nominada a dos premios Isaac Chocrón), Polvo de hormiga hembra (2013, Editorial Eclepsidra, y llevada a escena en 2016 en la Sala Humboldt), Milhojas bajo la lluvia (Creadoras Mujeres en Escena, 2022) y Monólogos nuestros cada día (Trasnocho Cultural, 2025), Reinas sin corona (Texturas: 300 voces de la dramaturgia femenina venezolana en 2022), Silvia Plath: Matar al ama de casa, revivir la poeta (2023). En poesía, Ojos Quebrados (Taller Blanco Editores, Colombia, 2022), Incluida en antologías poéticas nacionales e internacionales: Ellas (Editorial Dos Islas, 40 poetas traducidas al griego, italiano, inglés y catalán), Revista El Enjambre, Más Médula (México, 2023), Antología arbitraria La desnudez de la luz (Lp5 Editora, 2022) Es autora de Portugal y Venezuela, 20 testimonios (Fundación para la Cultura Urbana, 2009) y Visionarios, alucinados e irreverentes, la idea escénica en Venezuela en 1970 (Ecuador, 2000), entre otros. Directora de El poste, crónica de José Ignacio Cabrujas (Universidad del Zulia, 2021) y #Telacuentoyo (cinco cortos con el portal El Pitazo). Es profesora Lengua Española I y II (Escuela de Idiomas Modernos, Universidad Central de Venezuela) y directora de Los Recitantes (poesía performativa). Ganadora del premio Oscar Wilde de poesía de la editorial J. Bernavil (2022).
Con autorización de la autora
fotografía: cortesía de Rubén Darío Carrero

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