sábado 7 de febrero de 2026
El alumno de la ventana. Rubén Darío Carrero

Recordar con belleza
Imaginación: soledad. La realidad: malas decisiones:
Estudiar leyes, acostarme con esa mujer y mentir.
Arrepentirme me ha hecho vivir.
Aficionado a las imitaciones sonrío y me digo:
“Tú haz como si nada”.
Estaba tan equivocado que pensaba en voz alta
para olvidar. ¡Si pudiera cambiar mi vida!
¡Otro comienzo! Pero todo tiene ese pasado
que se detiene y enrolla arriba, arriba, más arriba,
como una culebra, allá donde las estrellas
abandonan a los hombres que hablan solos.
¡Si pudiera recordar aquel sueño!
Ese silencio que me decía: “No pienses igual que ayer”.
Igual, bajo las estrellas, ha de cambiar algo, no sé,
¿los días, las mentiras, los enfermos, los vivos, la sonrisa?
En 1999, cuando todavía no conocía a Jessica Carolina Gómez Bastidas,
otros nombres recordaba en un salón de clases en el trópico,
sentados, presentes, frente al pizarrón, con la mirada fija en el aire:
Armando Zuloaga, Rosana Gutiérrez,
Estefanía Lugo, Juan Flores, Quiroz Reyes.
La clase de educación artística comenzaba
a media mañana, en el mediterráneo cotidiano del liceo.
En el patio llovía y en el libro el Partenón griego.
Algunos alumnos todavía cantan el himno
bajo el arduo sol del isósceles y el olor a mango
por primera vez es el mismo que ayer.
Ese día conocimos el pasado
y repetíamos “jónico”, “dórico”, “corintio” y reíamos.
Las palabras son destino para un niño.
(Aunque el destino tenga otros nombres,
el destino siempre será el destino de un niño).
Años después entendí: Lo más hermoso es el orden.
Un cementerio sin el siglo XX. Una mujer, otra mujer.
Los errores cambian y permanecen
y aunque el mismo error cometa, recordar con belleza.
Ahora vivo con cierto orden, y sin darme cuenta pasa:
Duermo. Pago mis deudas. Leo en silencio. Veo a mis hijas.
Lo inevitable vive en el bien y el mal en la memoria.
El encierro
No puede ser que el día sea esto,
un poco de todo, luz, separación,
parpadeos, orden, peces, libros,
Hobbes, Kant y Maquiavelo
expulsados del fastidio.
Vivimos en una metáfora común, corriente
y poco a poco un lobo reemplaza al cielo
con una nube gris, parda. Por ley,
todas las miradas tendrían la misma mancha.
El vigilante celeste del lobo piensa conmigo.
Quédate en casa y cierra tu cabeza
porque ya has visto toda la belleza
y tienes la fuerza necesaria para mirar al cielo.
El lobo ya no es un hombre y el hombre
ya no es ese lobo para el hombre, no tengas miedo,
mira al cielo y que nadie te saque de la cabeza
que el lobo te ve primero, pero tú eres
el lobo de la casa. Tampoco le creas a Kavafis,
no es cierto que la luz sea otra tiranía.
El cielo es racional. La luz es jerarquía
y el encierro es la corona de las sombras,
y en la ceremonia de coronación, las ventanas
se abren para mostrar lo sagrado, sin humillar
la realidad. Debes mirar con inocencia
e inmortalidad.
Busca el encierro, tu único pasado,
tu único destino, tu única riqueza
y espera la respuesta del alumno.
Astrología casera
En mi habitación
solo hay libros, prólogos
subrayados, ideas y álbumes.
Finales de novela divididos
según la realidad
apoteósica y familiar.
La luna como una madre.
El sol como un padre.
Esta o aquella estrella
como un hermano.
La tierra como una hija.
Este o aquel planeta
como mis muertos.
El desayuno, el trabajo, las fiestas,
galaxias cotidianas
de una astrología casera
como peleas eternas de Dios
y el Big Bang del libre albedrio.
Mi padre se sienta en la mesa
a leer el futuro en los periódicos,
un domingo, medio dormido
en medio de una frase:
“En Filipinas exigen castigo…”
Los países son horóscopos.
Mi madre se queja
de tanto silencio
porque pasa el tiempo,
porque el tiempo vuela.
De repente mi madre ordena
con su voz sagrada y morena:
“Despierta a tu padre”.
La vida es perfecta e inevitable.
Lo íntimo es el agua
Lo íntimo es el agua y las preguntas.
¡Qué hice ayer!
Estoy desnudo bajo la regadera
dispuesto a responder.
¿Qué pasa con mi vida?
Se ha ido mi mujer
y se ha llevado a mis hijas.
El jabón azul es vulgar.
Es el que puedo comprar.
Un detalle insignificante:
las burbujas del jabón azul
no vuelan.
¿Puedo salir a beber una cerveza?
Me cuestiono.
Sonrío en medio de un bostezo.
Estoy en mi cuerpo
y el espejo empañado
huele a crema dental.
Yo pude ser otro, ayer, anoche,
alegre, paciente.
El paño iluminado por la humedad
pesado como un espanto.
Mi pie mojado
no sabe que él es el instante
parcial e inminente.
No hay respuestas y las preguntas cambian.
Hoy vuelvo a imaginar que me resbalo
y mi cabeza golpea el tope del lavamanos.
El alumno de la ventana
Sólo me queda el lenguaje y los muebles de la sala
que atraen la luz de la persiana y jalan lentamente la tarde.
Las sombras son puertas blancas y entreabiertas.
El silencio de la casa tararea. De tanto mirar la calle gris
la lluvia se mete por la ventana, busca la soledad del sol
y sólo encuentra una mirada regocijándose como paloma mojada
en el barro generoso de lo visible.
Afuera, el árbol está loco por vivir como oro o lápida.
Veo los nidos húmedos del tendido eléctrico;
escucho las frases hechas en la carnicería; huelo el pan de ayer
en la panadería y recuerdo el quiosco de periódicos del viejo Carlos,
donde un día aparecieron las obras completas de Giovani Papini.
Tanteo la oscuridad del libre albedrio en la calle Santos Michelena.
Maracay parece una boda sin Dios.
En esta ciudad fui agnóstico, ateo y budista.
Aquí los años solares iluminan las gotas que caen
sin emoción, sin superstición, solo con la mirada fija
puesta en la imposición en la calle y el museo.
El vendedor de almohadas no se mueve por el calor después de la lluvia.
Una pareja posa y luego ve la foto. Nada tiene pudor.
Escribo sin pudor. Escribo lo que veo. “Pienso, luego camino”.
No entiendo lo que pasa como no entiendo a Kant,
a Spinoza, a Kelsen, a Pollock.
¿Lo que no entiendo se convierte en convicción?
Escribo con aburrimiento feroz. Lúcido, rechazo al mundo horizontal,
calmoso, innombrable, actual. No quiero escribir más. Quiero cantar,
amar y ver… Veo un final sin historia; sin sacrificios. Me basta. Hastío.
Me levanto de la silla con el torso desnudo y pensativo
ya cansado de leer lo que no quiero decir. Vuelvo a mi cuerpo,
me lavo la cara, veo y le digo al espejo: “Tú no sabes leer”. (Siento la mirada).
Simpático, sin paradojas, me asomo a la ventana y pienso en ti. Espero
que te levantes, que entiendas, que preguntes por mí y me defiendas.
Rubén Darío Carrero (Maracay, Venezuela, 1986). Abogado egresado de la Universidad de Carabobo. Profesor e investigador de la Universidad Central de Venezuela en el área de Derecho Agrario y Derecho Ambiental (2015-2017). Ha publicado tres poemarios: Otro futuro o nada (El Taller Blanco Ediciones, 2020); Algo le pasa al tiempo (Ediciones Estival, 2023) y El alumno de la ventana (Dcir Ediciones, 2025). Poemas suyos aparecen en las antologías Tiempos grotescos (UNAM, México, 2015) y Poemas en bicicleta –autores grandes para pequeños lectores– antología de poesía venezolana (Ediciones La Poeteca / Banesco, Caracas, 2024), y han sido traducidos al alemán en Noch bleibt uns das Haus. Lyrik aus Venezuela (hochroth Heidelberg, Alemania, 2018). Recibió menciones especiales, en III Premio Nacional Universitario género poesía en 2009 y II Concurso Literario de Cuento de Provea en 2019. Colaboraciones de creación poética y ensayística en las revistas internacionales: Buenos Aires Poetry (Argentina), Revista Ritmo (UNAM, México), Otro páramo (Colombia), Poemas humanos (Alemania), Lp5 (Chile), Surco, Cuadernos de Poesía (España). Colaborador del Papel Literario del Diario El Nacional digital. Reside en Maracay donde, desde 2024, coordina talleres de poesía y encuentros de lectura, con la participación de escritores y lectores. Mantiene un blog de crónicas desde el 2007, Crónicas maracayeras: https://rubendariocarrero.blogspot.com/ Alberto Hernández, poeta, crítico literario y miembro de la Academia de la Lengua de Venezuela, reconoce a Rubén Darío Carrero como una voz en la poesía venezolana: “Oiremos su voz, la oiremos”, ha dicho hace años.
Con autorización del autor. Selección: María Antonieta Flores
fotografía: cortesía del autor

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