Siete poemas inéditos. Jordi Doce

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A veces, cuando callo,
me parece escuchar
la máquina del pensamiento.
Suena como el rumor de la nevera,
el ronroneo de la luz
en las baldas que el ojo
inspecciona sin decidirse.
No sabemos si hay hambre,
solo una mano que tantea
por tedio o por instinto,
la rigidez del cuello.
Como el gato ante la mosca
que vuela por encima de su mundo,
su léxico,
las cien visiones y revisiones
que han sido pasto de sus uñas.
Frente al imperativo de la caza,
la tentación del laissez-faire.
Que todo brille,
que todo pase,
también la mosca
que topa ciegamente en la ventana
y no sabe el porqué.
Ignorar ese ruido
de fondo, ese zumbido maquinal
que nada sacia,
será como volver a casa,
tocar el tiempo
sin el tiempo.

 
 
 


 
 
 
Esta calle,
que daba al mar, es hoy
una mano de niebla
que despinta fachadas y balcones,
el fiel de las aceras.
Hasta el tiempo, confuso,
se enrosca como un perro
para morder un hueso que no existe,
la cal gemela de la expectación.
Alguna vez un coche
sale de esta blancura
y el ruido del motor
parece devolvernos a la vida,
los relieves del ojo,
tatuándonos la piel con su inquietud
de niño a solas.
Sabemos de las aguas
por esta proyección,
este lienzo trabado
que no desmiente su flaqueza
cuando el sol de las once
lo rasga sin esfuerzo
y hace el trabajo del pensar.
 
 
 


 
 
 

No sé si hay sitio en esta página
para el trapo raído
que unos obreros se dejaron
en la sobrecubierta de aluminio.
Tuvo forma y color alguna vez,
cuando era útil.
Ahora es un amasijo sin nombre,
sin historia,
un resto que fermenta
bajo el sol carnicero.
La lluvia lo enjuagó,
el calor lo corrompe,
nuevos peones que se turnan
para moler un solo grano.
Está detrás de la ventana, lejos.
Así el cansancio elige a sus afines.
 
 
 


 
 
 

Hoy mismo, en la distancia,
creí ver que te alejabas,
y sin un ruido
el rostro fulgurante de un glaciar
se deslizó en el océano. Un viejo roble
cayó en Gredos, sosteniendo tan solo
un puñado de hojas, y una anciana
que arrojaba maíz a las gallinas
alzó los ojos un instante. Al otro lado
de la galaxia, un astro veinte veces mayor
que nuestro sol saltó en pedazos
hasta esfumarse,
dejando una pequeña mota verde
en la retina del astrónomo
que sigue quieto bajo la gran
bóveda abierta de mi corazón
sin nadie a quien contárselo.

………………………..(sobre un poema de Ted Kooser)

 
 
 


 
 
 
Bajo el flexo encendido
la tinta del cuaderno toma cuerpo,
crece y se multiplica:
una malla de bulbos y tallos trepadores
que forman frondas y espesuras,
árboles infestados de pájaros e insectos
y ramas que proclaman
el éxito del verde.
Al apartarlas con las manos
ingresa en otro espacio,
un hemiciclo de altas bóvedas
donde hace apenas un instante
hombres idénticos
subían y bajaban en silencio,
un despliegue de geometría
con escaleras múltiples
que van de un lado a otro
enmarcando
un vacío elocuente, que no calla,
que está hablando sin pausa
y al hacerlo le ofusca, lo deslumbra,
como si adivinara
que al fondo de este hueco cegador
está él mismo, fetal,
innominado.

 
 
 


 
 
 
Voy haciendo pequeñas excursiones,
el barco no se aleja de la costa
y evito la intemperie, las posibles
tormentas, la voracidad
incansable de las gaviotas.
Mi horizonte no es el mar abierto,
sino el hilo brumoso
de los acantilados,
las dársenas de atraque,
las ensenadas: un confín curvo,
un cráneo adicional
donde la mente se acomoda
y alabea, rozándose
con las aguas, el cielo,
la roca negra.
Como quien ejercita
con prudencia
un miembro lesionado,
voy haciendo pequeñas travesías,
cabotajes,
la medida de un hombre
y el mar sin prisas del ahora.
El mundo cabe en una lente,
un objetivo,
la bola de cristal donde me observo
volver a puerto cada noche.
Nada me impide
lanzarla al fondo de las aguas,
romper el maleficio,
y sin embargo.

 
 
 


 
 
 

En los tratados de iconografía
se pinta la imaginación
como un hombre de cabellos revueltos,
erizados, en punta: no la racha de aire
que levanta las hojas de la calle,
sino los flecos de los toldos; no un imán,
sino las limaduras de hierro. Algo
le insufla vida, lo ilumina por dentro,
lo exaspera. Pasivamente
espera su destino, ser empujado
o distraído
por fuerzas que lo exceden,
como esta tarde el cielo de septiembre
va alternando sus cúmulos y azules
para verter sobre los pinos
y mis ojos que los contemplan
un sobrante de claridad,
de luz madura.
Una corriente eléctrica, imperiosa
toma el mirar y lo somete.
Una inquietud, como la del poema:
dar cuerpo a la insistencia
del mundo.
 
 
 

Jordi Doce (Gijón, 1967) es doctor en literatura comparada por la Universidad de Sheffield (Gran Bretaña) con una tesis sobre la influencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea, base de su ensayo Imán y desafío (IV Premio de Ensayo Casa de América, Península, 2005). Entre sus poemarios destacan Nada se pierde. Poemas escogidos (2015), No estábamos allí (Pre-Textos, 2016) y Maestro de distancias (Abada, 2022). Sus libros han sido traducidos al inglés, italiano, alemán, rumano y árabe. A su vez, ha traducido la poesía de W.H. Auden, William Blake, Anne Carson, T.S. Eliot, Ted Hughes, Sylvia Plath y W. B. Yeats, entre otros. Fue lector de español en la Universidad de Oxford (1997-2000), así como responsable del Área de Edición del Círculo de Bellas Artes (2007-2013). Actualmente coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.
 
 
 

Con autorización del autor
 
 
 

fotografía: Luis Burgos, 2025
 
 

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