Sonia Sanoja. Desamparo y fuerza. Ida Gramcko

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Lo eterno no se conquista y logra evadiendo el tiempo sino afrontando el tiempo. Ello se manifiesta, una vez más, al presenciar la danza de Sonia Sanoja. Con bella intervención del pintor Oscar Sjöstrand y música profunda y sobrecogedora de Carlos Sanoja, le danzarina hizo recordar la que dice en su libro A través de la danza constantemente nos estamos incorporando, sin mediaciones, a un cuerpo en crecimiento, a un mundo que nace.

Siempre, al ser activo, se crece y se recomienza. «Sabemos de puntos claros, claves a las cuales es necesario llegar»… Durante el transcurso temporal, lleno de altibajos y pérdidas, en ese transcurrir, que parece no merecer ningún nombre, por sus duras sorpresas, existen puntos de referencia, puntos claves. tal como ella dice que iluminan la jornada sin medición de días porque su intensidad es perpetua. «Hay que errar mucho —continúa— andar bajo tierra, padecer una historia».

Es cierto, sobre todo si se trata de andar bajo tierra, ahí donde queremos rescatar lo perdido para elevarlo a dimensión aérea. Pues Sonia Sanoja danza especialmente por la tierra, sobre la tierra, y bajo ella. Sin quedarse en el barro. Buscando faros escondidos. Escarabajos, abejas y libélulas, mundo natural, han sido lentamente contemplados, pero los sobrepasa en la gestualidad de sus brazos que hurgan, sin arañar, que indagan por los espacios y que, se distienden. «No me puedo hundir. Soy como una conciencia que capta o constata la profundidad». Los hundidos, los sumergidos no saben de recorridos por territorios calcinados o agrestes, llenos de púas o de grietas. Se dejan ser, no son. Sólo la entereza permite levantar el rostro todavía, todavía entre los abrojos y las peñas. Lo único que puede ayudar en ese caso es la luminosa conciencia. Pero es más fácil no tenerla y anegarse. Esta danzarina, con quien me une amistad hace mucho tiempo y de la que conocí los primeros pasos avizores, siempre se encuentra a flote y no como naúfraga sino como gananciosa nadadora del tiempo. Monte Ávila Editores acaba de editar un libro suyo sobre la danza. Allí Sonia Sanoja expresa una vez más, sin decirlo directamente porque es sutilmente poderosa, allí dice que no es una mujer alada en el sentido tradicional, no quiere el tul esponjoso de las bailarinas de ballet. Sus brazos, de modo expresionista, se doblegan como la rama bajo el viento firme o se curvan casi recordando el sarmiento.

No hay molicie en su danza, ni cuerpo arrebujado en la espuma. Es un cuerpo afrontándolo todo, desplazándose en la tempestad, un cuerpo no solamente cuerpo sino aunado a un espíritu que no se conforma con lo frágil. Reciedumbre, pero en la reciedumbre se encierra le fragilidad del que ama sin recursos prepotentes, del que no sólo triunfa porque se siente siempre en deuda.

«Los hombres son fuertes en el pensamiento, lo resisten», y además «abre un espacio tan dilatado que no puedo imponer condiciones». Nada de lo que se admira condiciona. Somos deudores, nunca siervos. Existe un desinterés inagotable cuando el corazón está henchido. El corazón de Sonia Sanoja, henchido de aire, agua, fuego y tierra, y colmado de sí, percibe el desamparo de un modo creador, «estar desamparadas y, a la vez, por eso, ser fuerte». Si no se conoce el abandono, la soledad interior, la experiencia de estar sin compañía y sin diálogo, difícilmente se llegará a tener temple. La fortaleza es una adquisición que se logra, es un don que se hereda. Abrupta, erguida mordiendo raíces diría yo, la silueta danzante se desliza por la escena sabiendo que ha alcanzado fruto con dulzor. «Lo concreto está ahuecado de infinito». Y, a la vez, esa súbita furia que enciende cuando nos damos cuenta de que no podemos rehuir lo táctil, «horror de tener sentidos y palpar el tiempo». Pero hay que palparlo. Sólo así logramos traspasarlo, como al cuerpo. «El cuerpo aparece como una figura exterior que uno puede situar a voluntad». La voluntad no es algo frío, o con rasgos deterministas. Es un querer, y sólo así queriendo logramos situarnos. «Si el danzarín es, ante todo, un ser humano, con todo el drama, las contradicciones, la carga de existencia sólo trasegando esa carga, se arriba al «insólito equilibrio del cuerpo y el ser no-corpóreo que también somos».

Los ángeles no surgen de la blonda sino del dramático encaje que traza la osamenta.
 
 
 
 
Texto incluido en el programa de mano de Homenaje a Ida Gramcko en el marco del III Coloquio de Literatura José Rafael Pocaterra, del 20 al 24 de marzo de 1996 en el Ateneo de Valencia, Venezuela.
 
 
fotografía: Vasco Szinetar. Sonia Sanoja.

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