Siete poemas. Antonio Arroyo Silva

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Irremediablemente, estar
cuando nada es preciso. Tomo
la carga de lo inútil, planto
algo irreconocible, le doy nombre
secreto a un día fuera de los siete
acostumbrados. No quería ser
el dedo ni la llaga bajo el palio
de luz de inmensas catedrales,
pero así son las cosas
de los iconoclastas de Bizancio.

De Las horas muertas

 
 
 


 
 
 

Crujen las articulaciones del
efímero animal que baja y nadie
ve, moviendo el rabo
entre la multitud que camina
o se sienta y extiende como un biombo
el diario. Crujen como si una avispa
se fuera a hospedar en el tembleque
de las taladradoras. Y nadie escucha
esa voz supurando
dentro de cada cual. Cada amargura
está servida: mucha azúcar
en tan poco café. Pero, a veces,
al fondo de la taza, se refleja
el viejo rostro de animal que somos.

De Las horas muertas
 
 
 


 
 
 

Incendio

Münch pintó el dolor humano
como el grito de un pino al arder.
Las ramas de los brazos levantadas,
el hoyo de la boca inmensamente negro,
la bruma alrededor como incendio de hojas
y de frutos. Dolor de las raíces,
antracita en el vientre de las madres
que tienden un carbón
umbilical
a la noche encendida atrozmente.

Es un grito más hondo que todos los gritos
y dice que tu lágrima podría ser
su lluvia salvadora
y que tu corazón podría bombear
el agua de su cielo.

De Química del error, inédito

 
 
 


 
 
 

Las reliquias sagradas son las que no te han dicho:
Más que el hogar, el hueco que tú llenas
y el hueco que vacías. Más que el tuyo, el que llenaron
en ti tan sin ropaje. Más que el calor, la mano
que de sí se desprende para dártelo en la tiniebla.
Más que el agua,
los ríos de saliva
que intuyen las aguadas de abril
bajo el rojo paraguas de la carne.

¿Y por qué no guardar de cada instante un trozo,
una astilla, la uña que escribe en el rocío del cristal
o ese deslumbramiento que recibimos
en las tardes oscuras del hambre?

Las reliquias sagradas no dan rentas,
no son sagradas, dicen los doctos.
Junto al zapato viejo las dejan los inútiles,
los que no heredarán el reino de la luz.

No lo saben: las cosas a veces no son cosas
sino el cerco de nuestra desnudez, el vestido
de ser bajo la lluvia. Y es que
las reliquias sagradas no
son las que te han dicho.

De La memoria del roce, inédito.

 
 
 


 
 
 

De cómo el animal fue a morir
debajo de la cama de mi hermano
y de cómo no hay nada extraordinario
en buscar el calor en su último aliento;
pero extrañarse es necesario
ante una circunstancia tan humana
que los humanos la olvidaron
como propia. Se muere
y nace el paraíso, dicen.
El cielo de la perra era el calor
de mi hermano, debajo de la cama.
Allí, sin ángeles, murió. No sabía
qué era eso de morir
ni por qué tanto diablo se esconde
debajo de otras camas.

De La memoria del roce, inédito

 
 
 


 
 
 
el olaje de inmenso crepitar ………….. chispas de espuma
en las rocas …………… una hoguera blanca en el pensamiento
…………… viene ese bramido hechizante ………….. viene no
viene como el mar y luego inunda ………….. te lleva al escollo
no sabe adónde el escollo………….. puede ser una página sobre otra página
pero no un palimpsesto………….. lo
de abajo lo ha borrado el desgaste ………….. pero no
otra forma de alzar lo que está escrito sino una
desconocida insurrección contra la orilla …………. ya no
espuma…………. guindar …………. dejar los pies colgando ……….. el
cuello oscila …………. los ojos ………….. saltan de sus caireles
corren en busca de la innombrable esfinge
pero no todo fue por fricción de olas y rocas no un
drama sino que la carnaza no olvida su proporción de
agua y de roca y en esa química entre la una y la otra
solo queda en la arena un trazo del dolor
un fuego del olaje ………….. un fuego blanco ……………. que no arde
sino grita ……………………….. no grita

De Bahía Borinquen.

 
 
 


 
 
 

Anochecen también los artilugios.
Los árboles no están, ni los gorriones;
las palabras no llegan a la boca que las dice
ni al simple gesto
que las descodifica. Alguien se va
con la lluvia, se va y vuelve árbol
o gorrión o palabra ya sin diente,
sin canto. Lluvia blanca, árbol negro,
¿dónde la sensación de izarlos
hasta el ahogo?
………………………………………Trazo círculos allá
donde el ojo no gira y el ojo es la manzana
que vi cayendo ayer sobre el césped
y subió nuevamente a su manzano.

Anochecen también los artilugios
y la materia azul que los sostiene
al instante de ser inalterables.
Yo anochezco con ellos
por si al amanecer no le siguiera
un precario abandono.

 
 
 
Antonio Arroyo Silva. (Santa Cruz de La Palma, 1957). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna. Ha sido colaborador de revistas nacionales e internacionales. Ha publicado los libros de poemas: Las metamorfosis (1991), Esquina Paradise (2008), Caballo de la luz (2010), Symphonia (2012), No dejes que el arquero (2012), Sísifo Sol (2013), Subirse a la luz. Antología esencial 1982-2014 (español-rumano) (2014), Poética de Esther Hughes (2015), Mis íntimas enemistades (2016), Ardentía (2017), Fila cero (2018), Las horas muertas (2018) Bahía borinquen (2019), Música para un arjé (2021), Los círculos dorados (2021) y Borrarse del mapa (2022). Las plaquettes Material de nube (2012), Un paseo bajo los flamboyanes (2012) y La nada de arena. En ensayo, La palabra devagar (2012). Está incluido en varias antologías. Ha participado en el Festival Internacional de Poesía Encuentro 3 Orillas, en el Homenaje de Poetas del Mundo a Miguel Hernández, en un encuentro de escritores alemanes e hispanohablantes en Berlín «XX Cita en Berlín 2016, 2018», en el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico, entre otros. Ganador del “Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez 2018” por Las horas muertas. También ganador del premio Victorina Bridoux en 2021. Miembro de la asociación Palabra y verso. Dirige la colección de plaquettes digitales Poesía Móvil, 100 poetas y Poesía en Línea en Editora BGR. Colaborador, redactor y columnista de la revista Digital GAFE. Coordinador para Canarias de la revista Classic Subversive, de Tampa, Florida, EE UU.
 
 
 
 
Con autorización del autor.
 
 
 
 
fotografía: cortesía del autor

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